FALSA HUMILDAD

Siempre quiso ir detrás, ser el último: así sería el más humilde y podría destacar en algo.

Haciendo de la necesidad virtud, decidió que fracasar en los proyectos que había ideado no tenía por qué ser signo de baja valía: siempre podría reconducirlo todo hacia su envidiable humildad.

Leyó biografías de santos y gente humilde para estudiar qué era lo que habían hecho y hacerlo él mejor. Tenía que ser más modesto y sencillo que ellos, el más humilde todos, el mejor en esa virtud tan teologal.

Y descubrió el truco: ser siempre el último en todo y para todo. Los últimos serán los primeros.

Pero no lo logró: fue derrotado por su propia sombra

¿POR QUÉ EL APEGO ES LA CAUSA DEL SUFRIMIENTO?

¿POR QUÉ EL APEGO ES LA CAUSA DEL SUFRIMIENTO?
Como decía el Buda Shakyamuni, la causa de todo sufrimiento es el apego, y esto es así en todos los sentidos. Pues podemos apegarnos tanto a lo positivo como a lo negativo, y en ambos casos, será origen del mal y del dolor:
– Te apegas a lo negativo cuando lo absolutizas, esto es, cuando te identificas tanto con la situación que conviertes ésta en absoluta, en infinita, en el todo. De este modo, vivimos la situación negativa que nos está haciendo sufrir como si fuera una condena perpetua, como si se fuese a extender hacia el futuro. Inconscientemente pensamos: “esto va a ser siempre así, o incluso peor”.
• por eso, frente a las circunstancias negativas, hay que centrarse exclusivamente en este momento, en el AQUÍ Y AHORA, y olvidarse del futuro…y del pasado. Aparte de “no hay mal que cien años dure”, lo que comprobaremos con la experiencia es que el dolor que tanto nos hace sufrir no es propiamente “lo que acaece en este momento preciso” sino la sensación de condena, de absolutización del mismo, sensación de padecer una desgracia que “será siempre así”. De hecho, no hay nada en absoluto que no podamos soportar en este instante y, por tanto, que no podamos aceptarlo.
• frente a lo negativo, el afrontamiento sabio consiste en preguntarnos. “¿qué deseo yo que ocurra? y ¿por qué lo deseo”? y, así, centrarme en lo positivo y no en lo negativo.
• a lo anterior debo unirle el encarar esto “sabiendo” que es un modo más en que “el CAMINO” me está llevando, me está mostrando alguna enseñanza importante, me está brindando alguna verdad profunda que, si la sé observar y apreciar, puede ser definitiva para mí de cara a mejorar el resto de mi vida.
– Te apegas a lo positivo (circunstancia, cosa, persona, lugar, etc) cuando crees que eso te hace tan feliz que no puedes prescindir de ello. Entonces, el apego se convierte literalmente en tu cadena, en tu prisión, y ello sólo desencadenará el miedo terrible a perderlo. De este modo:
• debes aprender a disfrutar todo “en este momento, aquí y ahora”, en vez de preocuparte de si seguirás teniéndolo en el futuro. Por lo demás, este momento es lo único que existe; todo lo demás (pasado y futuro) sólo están en tu mente, no en la realidad.
• debes fluir con la felicidad del momento, aprendiendo, a su vez, a soltar y dejar ir: todo cambia y todo fluye. Y si no te alineas con esa realidad, sufrirás irremediablemente. Debes actuar como cuando disfrutas de la música: comprendes que el goce consiste en fluir con la melodía, no en aferrarte a una nota concreta, por mucho que te guste dicha nota. La música es el movimiento, el fluir de una nota a la siguiente.
• debes comprender que cuando te apegas a algo, conviertes a ese algo en tu dueño y señor, como sucede con toda adicción. Entonces pierdes la libertad. De ahí que el gran aprendizaje de la vida consiste en aprender a disfrutar sin apegarse.
De las dos maneras en que puede manifestarse el apego podemos aprender que, al final, la clave está en concentrarnos en el presente, que es la única realidad. Pasado y futuro no tienen existencia más que en nuestra mente, son fantasmas mentales.
Si lo pensamos, cualquier “monstruo” real, por grande que sea, es abatible (como el mitológico Polifemo o el bíblico Goliat). Si es real, tiene su “talón de Aquiles” y se le puede combatir. Pero, ¿cómo puedes combatir a un fantasma…si no es real? Por ello, si sueñas la pesadilla de que un horrible monstruo te está atacando, la liberación absoluta (la única real, por lo demás) no será vencerle dentro de la misma pesadilla sino…DESPERTAR.

HE PUBLICADO “EL PODER DE LA ACEPTACIÓN”

QUERIDOS/AS AMIGOS/AS:
Os informo de que he publicado en Amazón uno de mis libros: “El poder de la aceptación”. De momento, está sólo para libro electrónico o para leer en ordenador.
Si ponéis el título en el buscador, aparece entre los primeros.
Es un libro de Autoayuda, Psicología y Crecimiento Personal. Explica cómo incrementar el poder de la mente y adquirir un nuevo paradigma mental: el pensamiento constructivo, marco para lograr nuestras metas, controlar nuestras emociones, mejorar nuestra personalidad y “llevarnos bien con la realidad” por medio del poder de la aceptación.
Si os gusta el libro (o la idea) y lo queréis difundir, os quedo completamente agradecido.
Y si te haces con él, TE DESEO QUE LO DISFRUTES
Un abrazo

VERSOS PARA UNA CUARENTENA

De las paredes que parecen hacerse más estrechas,
de los techos que quieren tocar nuestras cabezas,
de esos días lectivos que se hacen gemelos a los domingos;
de las plazas desiertas y las ciudades cementerios,
de ese tiempo para el miedo y para la soledad,
de la mística de la mascarilla, el guante y la distancia,
de la tos que provoca miradas de desconfianza.
De ese calendario que nunca antes se hizo tan lento
y ese telediario que parece el diablo metido en casa,
del excesivo tráfico digital para el que no damos abasto,
del virus del odio, la injusticia o el egoísmo de los hombres.
De la luz al final del túnel, que se agranda poco a poco,
y que nos aclara que podemos fluir sin controlarlo todo;
de la mortal impaciencia por ver y abrazar a los amigos,
de la lágrima llorada a hurtadillas por el abuelo confinado,
solo en su casa o en medio de la residencia de ancianos.
De los niños pequeños que aporrean la puerta de la casa
y gritan sin entender por qué se ha escondido el parque;
de la Vida, esa maestra y madre nutricia que nos constituye,
y que elige el Camino por el que enseñarnos la grandeza,
la imbatible fuerza del espíritu humano en el hondón del alma.
Del momento mágico, del esperado y crucial instante
en que entendimos para qué estaban vacías las calles:
para que todo el mundo se resguardara en nuestro corazón.

EL INSOMNIO DE EDIPO REY

La respiración se me entrecorta cada vez que suena el reloj. ¡Qué mala es la madrugada cuando el inconsciente se niega a dejarnos entrar! ¡Qué peligroso es el insomnio que, no pocas veces, pierde a los hombres!
El único estante en el que quedan libros aceptables, que sólo la gente con dignidad y respeto por sí misma decide leer, no alberga ya ni un solo ejemplar nuevo: he releído todo lo que el sentido común y las buenas costumbres aconsejan.
Pareciera como si la noche, a su vez, durmiera la siesta. Las campanadas del reloj insisten una y otra vez, y aquélla se resiste a comportarse como es debido: a ser noche también para mí, pues bien es sabido que los seres humanos pueden dormir de día. Al menos, la mayoría. Las dos y media.
No obstante, a pesar de la deserción de los libros respetables, no estoy solo del todo: el reloj me habla dos veces por hora, pues tiene el detalle de dar las horas y las medias. Que habrá a quien le canse o moleste eso, pero a mí, la verdad, me da vida. La misma campana que me sobresalta es, a la vez, mi mejor amiga; ¿o, debería decir, mi única amiga?
Mi cabeza tira de memoria y viaja hacia el Norte: se sumerge en un bosque que luce árboles con pinturas artísticas en sus troncos. Nunca antes de aquella vez había estado en un museo en plena naturaleza, y aquella visita fue una caricia que quiso hacerme mi juventud, que no todo el mundo puede decir los mismo. El artista pintárboles – nunca recordé su nombre, nunca vi su rostro – pensó en mí al volcar su musa en aquellos pinos milenarios, no pudo ser de otro modo: a cada brochazo de color con que acompañaba a la aburrida savia debió añadir un pensamiento altruista del tipo: “a saber a cuántas víctimas de insomnio puedo ayudar en el futuro gracias a mi arte”.
Las tres.

En aquella época yo tuve amigos, o eso creí. Mi madre murió sin llevarse su colección de pañuelos, que me dejó colgada en esa percha ambulante que tanto estorba en mi dormitorio. Mamá, tienes que llevarte los pañuelos. ¡Mira que se lo dije veces!. Entre aquellos amigos que creí tener, había una artista del lienzo que fue la que me llevó al bosque de Oma. No sé dónde estará ahora: tal vez felizmente casada, quizá rodeada de pilluelos que le ensucian la casa y no la dejan pintar, pero seguro que a estas horas, esté donde esté, está durmiendo.
Menos mal que hay gente que inventa los relojes de pared con campanadas, menos mal que hubo quienes crearon la escritura: no todos los héroes habitan las epopeyas y tragedias de la literatura clásica. ¡Demonios, qué frío hace fuera de la cama! Ya se han vuelto a salir las sábanas por los pies. ¿Qué os estaba diciendo?
¡Ah, sí: los árboles con los troncos pintados! Los árboles son el rostro de la piedad. No sé si aquella vez pensé si en aquel museo de pinos se habría derramado sangre alguna vez, o si alguien habría llegado a sentir verdadero miedo, o ese odioso aguijón de la tristeza que se clava en el alma cuando la soledad es el sentimiento con el que más se identifica uno, o el que más veces le acompaña. Porque hay gente que dice que tiene muchos amigos. Mamá, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste?
¡Qué sucio está al salón! ¿Cuánto tiempo hace que no paso la aspiradora? ¿Alguien puede decírmelo? Desde el sofá contemplo cómo asoman sus fauces algunas pelusas por debajo de la mesa de camilla. Creo que debería hasta ponerles un nombre; si van a seguir dándome compañía mucho más tiempo, lo adecuado sería saber cómo dirigirme a ellas.
Las motas de polvo también porfían por asegurarse su cuota de protagonismo. A veces forman un pequeño remolino con el leve susurro de aire que se cuela, cual travieso polizón, bajo la rendija de cualquier ventana mal encajada en el marco. Este piso ya va para viejo.
La cansada mirada se me pierde en la superficie de los muebles más cercanos, ésos que una vez parecieron barnizados, que tuvieron algún lustre, que pudieron simular que pertenecían a un hogar con vida. Los muebles nunca se quejan del insomnio, ni del propio ni del mío; los muebles son más respetuosos que la mayoría de los humanos, murmuran mis voces interiores, ésas con las que dialogo casi veinticuatro horas diarias.
¡Qué árido, qué áspero y dilatado se torna el tiempo para aquél al que su propia voz apenas concede tregua!
A pesar del gélido traje de la madrugada, algo me empuja a asomarme al balcón de la terraza. Eso supone abrir la puerta de la misma y dejar entrar en casa a los tres grados de temperatura que asolan la desierta ciudad.
Me aproximo al balcón con miedo, con algo muy parecido al escalofrío, diría yo. No sé si es el frío o el abismo lo que me asusta. Éste surge del fondo de las tinieblas, las que yacen en algún recóndito rincón de la mente que espolea a las voces que no callan, las que no dejan dormir.
Mientras me acerco, me recuerdo de nuevo que, ahora mismo, la inmensa mayoría de mis paisanos duermen, como a su vez lo hacen las calles y las plazas. ¿Por qué siguen encendidos los semáforos si no hay nadie en las avenidas? ¿Qué coche va a estar despierto a estas horas? La cuatro y media.
Una profunda intuición me hace sentir la cercanía de los semáforos que, sin duda, tienen algo en común conmigo. No sé si a ellos les llega también cada campanada del reloj. Tampoco sé si son especialmente afortunados de ser una simple luz de tráfico. En otro tiempo llegué a pensarlo: ¡qué suerte tienen por no poseer memoria!
El frío me cala hasta algo más hondo que los mismísimos huesos. Qué fría debe de ser la muerte. Poco se han glosado las victorias de tan monumental compañera de los hombres. Qué suerte tienen los árboles: comparten con los semáforos no tener memoria, no tener mente. Si no tienes mente, no mueres, no pasas frío.
Las cinco.
Me asomo al balcón y ese profundo escalofrío me recorre el espinazo, como si emergiera de lo más hondo de mis emociones, de las más oscuras: el fondo del abismo se alza cual poderoso imán y el suelo parece gritar, desde allí abajo, que se encuentra solo, que tampoco él soporta la madrugada y que necesita compañía, aunque sea la de un cuerpo inerte. Dice que no le molesta la sangre, que incluso ésta tiene algo de morboso que le atrae. Pocas vedes ha disfrutado el suelo de la sangre para lo mucho que le gusta; mejor sangre que soledad, parece decir.
¡Qué asociación más letal forman el insomnio permanente y ese suelo! Ese maldito y gélido suelo que, en su aparente silencio, seduce como los cantos de las sirenas a los marineros de Ulises: ese sucio y maloliente pavimento también sabe cantar su danza maldita.
Y vuelven las voces. Los muertos no sufren insomnio. Las seis. Las campanadas van a destrozar mis tímpanos: suenan más estridentes desde el salón, como reclamándome que regrese. Tal vez teman que, si no lo hago, no tengan nadie más a quien sobresaltar en las noches interminables.
El frío aquí fuera se hace ya insoportable: protestan el pulso temblón y los doloridos huesos; se quejan la enrojecida nariz y los lacrimosos ojos, cuyas húmedas retinas no saben decidirse entre la oscuridad del exterior o la luz del salón. ¿O es al revés: entre la iluminación de la calle y las tinieblas del interior? No se sabe qué es peor en la realidad: si el frío del balcón o el de la soledad del salón, de la casa, de la cama. Dicen las voces. Mamá, ¿es la muerte tan terrible? De serlo, ya me habrías advertido, ¿verdad? Las seis y media.
Unas sombras que me erizan los poros de la piel han pasado volando cerquísima de mi rostro: no sé si son murciélagos o el eco de mis pensamientos. O las voces. ¡Mamá! Mucho frío, muchísimo. No cesan de tiritar todas las entrañas y recovecos de mi alma. Yo tuve una infancia, ¿sabéis?, con amigos, y juegos, y una madre que me daba un beso de despedida, antes de irme al colegio, cuando me colgaba a la espalda la mochila con el bocadillo. Hubo vida. Sí. Alguna vez la hubo. Creo.
Una tenue luz anaranjada parece surgir en el horizonte. No se parece a la de las farolas de la acera. Creo que es la aurora. Un hombre cruza la avenida; lleva traje y un maletín. Hay gente en el mundo, por lo que se ve. Y yo aquí, más cansado que ayer y menos que mañana. Pues sigue sin sonar tan mal eso del eterno descanso. Tal vez otro día. Otra noche, quiero decir.
Decididamente, amanece.

¿POR QUIÉN DOBLA EL OTOÑO?

Hojas mustias que evocan más otoños que otra cosa; otoño no siempre es un buen recuerdo. A veces suenan campanas que doblan algún muerto: un abuelo, una madre. Si la vida te odia, un hijo. Al final tú eres el cadáver. Diez campanas, nueve, ocho… Al final tú eres el cadáver; tal vez fue así siempre, pero no lo viste. Demasiado alcohol, ruido, excesivo ruido; placeres, algunos amores, ruido, siempre ruido. Y no lo viste venir.
Para cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde: ya no suena ninguna campana. No para ti.

A GRANDES SORBOS

Huelo la honda cicatriz de la oscuridad,
donde retumban cuchillos en túneles
y vagan sin rumbo cierto las palabras;
expulso rutinas al rincón de lo posible,
ando en zapatillas por la vida diaria,
como haciendo hogar de lo cotidiano.
Rozo, impotente, el límite de los días,
como raíz que se hunde en el abismo,
y bebo a grandes sorbos el instante,
magia audaz donde habita la memoria.
Araño el hueco que dejan los nombres,
ese vacío de tantos duelos sin calor,
de suspiros, de puntos suspensivos,
y heredo los fracasos que otros legaron:
saborear los amargos besos que no di.
Busco en el baúl de los naufragios,
entre el desorden que mata a los hombres
y los rincones donde mora el silencio,
alguna pista o huella de la nueva aurora,
un resto de amor que llevarme a la boca.

LOS NUEVOS GURÚS

Parafraseando al poeta, todo pasa y nada queda,
imperio de lo efímero, que reza algún título,
merchandising postmoderno, publicidad a la carta,
provisionalidad vendemos en papel de celofán.

Lo nuestro es progreso, más allá de la moda, lo último,
humo y hedoné, bragas de ninfas del jardín de Epicuro,
rapperos del chat, especialistas en instantaneidad.
¡Rebajas axiológicas, oiga! ¡Cambiamos sus valores !

Ideales no nos quedan; las causas están agotadas,
pero tenemos una magnífica promoción de amor virtual.
Si Vd no queda satisfecho, le devolvemos el orgasmo.

No te bañes dos veces en el mismo río, ni lo intentes,
te sugerimos los nuevos gurús de la era de Narciso,
no te detengas en lo estable, no sea que te guste.

EL TROCITO DE CIELO

Tengo fama de solitario y huraño, y quien no me conociera tal vez podría acusarme de misantropía pero, en realidad, no son más que apariencias. Algún amigo me apodó “el lobo estepario”, haciendo alusión a mi enorme devoción por Hermann Hesse, pero yo siempre le digo que ni me creo superior al resto ni, siquiera, me considero especialmente distinto. Lo que ocurre es que me gusta la soledad, la lectura y el silencio; encuentro en éste último algunas melodías que no me aporta música alguna.
Ese carácter introvertido explica que no haga demasiadas amistades con mis vecinos, por ejemplo, cosa que mi mujer me reprocha continuamente. “Deberías ser más simpático con la gente”, me espeta cada vez que puede. Yo he optado por no discutirle.
Ella, sin embargo, es todo lo contrario: siempre que encuentra la ocasión, se para a hablar con cualquiera, aunque sea la conversación más superficial e inconsistente. Yo pienso que, si no encontrase seres humanos, hablaría con las farolas, pero no se lo digo: podría llevarnos a una discusión que mancharía inútilmente la belleza del silencio.
No hace mucho, ella me dijo mientras almorzábamos: “Deberías subir a visitar, alguna vez, a la vecina del quinto, que está muy enferma, la pobre”. ”¿Qué le pasa?” , quise mostrar interés yo. “Fatiga crónica: es una de las catalogadas como enfermedades raras”.
Me sentí un poco apabullado por dos razones: en primer lugar, porque eso significaba tener que mantener una conversación con una perfecta desconocida a la que no había visto ni tan siquiera en el ascensor; y en segundo lugar, porque no sabría cómo reaccionar ante una enfermedad de la que no había oído hablar jamás.
Pero mi mujer insistía en mi obligación moral de mostrar, alguna vez, algo parecido a interés humano por los demás. En realidad, ella se había quedado muy impresionada por la vecina y quería compartir su experiencia – espiritual, la llamó ella – conmigo. De modo que, más por no oírla que por ganas, decidí subir.
Me abrió la puerta uno de sus tres hijos, pues su marido trabajaba todo el día y sólo aparecía por la noche. “Mi madre no puede hoy recibir a nadie: está acostada y no tiene ninguna fuerza”. El chico me explicó que la señora llevaba ocho años sin levantarse de la cama.
Aturdido, volví a casa y le pregunté a mi mujer si ella sabía eso. Me respondió que sí y me explicó que la fatiga crónica es una terrible dolencia en la que el descanso no es reparador; esto es, el enfermo se despierta por la mañana con la misma fatiga con la que se acostó, como si no hubiese descansado nada. A mi pobre vecina, al parecer, le dolía hasta respirar. Ya incluso le habían tenido que suministrar suero para alimentarla porque no soportaba el dolor y el cansancio de mover los dientes para comer. Por eso, muchos días no podía ni hablar y, por ello, había que aprovechar las escasas ocasiones en que se sentía con fuerzas para ello.
Algunas semanas más tarde de mi primer intento, mi mujer me advirtió de que la vecina podía recibir visitas ese día, de modo que me encaminé a su piso.
Cuando me hicieron pasar a su dormitorio, me encontré frente a una señora de edad indefinida pero extremadamente delgada; lo mismo podía tener cuarenta años que setenta. Con pelo algo canoso y un semblante que irradiaba una paz absolutamente inexplicable, me sonrió, penetrándome con la mirada de sus profundos ojos azulados y me dijo:
– Ya sé que estuviste el otro día aquí, y yo no pude recibirte. Te estoy muy agradecida por intentarlo. Se ve que tienes que ser un hombre de muy buen corazón.
No fueron sus palabras, sino el hecho de que fuesen sinceras lo que estuvo a punto de provocar que se me saltasen las lágrimas: caí en la cuenta que era la primera vez en mi vida que me llamaban “buena persona”.
Mi vecina me explicó que ella era el alma de la casa: siempre que podía hablar, era el paño de lágrimas de toda la familia. Todos querían contarle sus problemas porque su consejo siempre derrochaba sabiduría y sentido común.
– Si temo morirme es porque mi familia no podría vivir sin mí. Por lo demás, la muerte no es sino sumergirse y embriagarse en el gran silencio.
Cuando dijo aquello, me produjo escalofríos. Realmente, yo no atinaba a pronunciar palabra alguna, pero a mi vecina eso no le incomodaba lo más mínimo: antes bien, pareciera que le hacía gracia.
– Vecino: no sabes lo privilegiada que me siento de poder ser tan feliz aquí en mi cama. Aunque no puedo ver la televisión ni oír la radio, pues me agotan al instante, hay veces que puedo leer un poco, hasta que se me cansan los brazos de sostener el libro.
– ¿Y qué haces durante todo el día, para no aburrirte?
– Pues medito. A veces, recojo mi cuerpo y mi espíritu y me limito a sentirme a mí misma; otras veces, pienso en todas las personas que conozco y les mando, desde aquí, mi energía positiva. Y otras veces, imagino una vida de pie, y la reproduzco al minuto. La verdad es que no tengo tiempo de aburrirme y… ¡Un momento, que pasa el de las ocho!
– ¿Cómo?- musité yo, pero ella ya no me oía; había fijado su vista en la ventana, por la que se veía el firmamento azul y, en él, un avión volando.
– Es el avión de las ocho – repitió – Pasa todos los días. Comprenderás que he tenido tiempo de aprenderme el horario de todos los aviones. Debes saber que ese cuadrado azul que se dibuja a través de mi ventana es toda mi conexión con el mundo exterior. El avión es el que me recuerda que hay un mundo ahí afuera, que la vida sigue, que el planeta respira. Doy gracias por poder ver todos los días ese pequeño paraíso: es mi trocito de cielo. ¡Y pensar que hay personas ciegas que no pueden verlo! – dijo, mientras se le quebraba la voz.
Para entonces, yo ya había dejado de mirarla. Un río de calientes lágrimas me impedía ver nada. Imaginé que no sería el primero que lloraba delante de aquella santa, con lo que no me avergoncé.
El lobo estepario había despertado a la vida real.

LA ABUELA

Durante toda la vida había sido el alma de la casa. Eso fue antes de que sus hijos se casaran; después fue el alma de la familia.
Mientras los niños eran pequeños, ella fue ama de casa, por vocación, claro. ¿Cómo no iba ella a tener vocación por sus hijos y su marido? Se lo habían enseñado desde pequeña; había estudiado en la escuela de la dictadura y allí se explicaba muy bien cuál era la vocación del hombre y la de la mujer.
Y ella, de nombre Bernarda, estaba muy agradecida a Dios por tener un marido y unos hijos tan buenos: él estaba toda la mañana trabajando y ellos en el colegio. Como era lógico, llegaban siempre tan cansados que ella se afanaba por que estuviera todo en orden cuando llegase la hora: la comida preparada y en la mesa, la casa limpia y bienoliente, la ropa lavada y planchada…en fin, lo que son las obligaciones de una buena esposa y una buena madre.
A Bernarda le estimulaba mucho observar las ganas con que su familia devoraba la comida: ésa era la única señal de que les gustaba, ya que nunca la alababan. No hacía falta que dijeran nada; comérsela con ese hambre era el mejor piropo que le podían decir, y ella lo sabía.
De la limpieza y el orden de la casa, o de la ropa lavada, tendida, planchada y cosida no decían nada: los pobres estaban tan ocupados con todas sus cosas que no se daban cuenta de esas minucias.
Bernarda habría creído que hacía bien su labor, de no ser porque su marido, algunas veces, le tenía que gritar porque se había equivocado en algo. A ella no le gustaban los gritos (incluso, en el fondo de su corazón había llegado a sentir miedo) pero comprendía que, de alguna manera, había que ayudarla a corregirse y a mejorar.
Salía realmente poco, si acaso a misa los domingos, o a alguna boda o eventos de ese tipo, pero por las tardes y los sábados se solía quedar en casa porque su marido se iba al bar con los amigos a beber vino, que es lo que hacen los hombres, y sus hijos tenían sus planes. Eso tenía sus ventajas: al estar tantos ratos sola, tenía tiempo de sobra para hacer bien las tareas del hogar, e incluso le sobraba para ir preparando el ajuar de sus hijos. Ya había hecho una colcha preciosa y unas sábanas grabadas, para la hija mayor, con toda lógica la que se casaría primero.
Cuando los niños estaban en edad escolar, Bernarda se había encargado de estar pendiente de los uniformes, de los libros del colegio y de asistir a las citas que les daban en la escuela: bien para entrevistarse con los maestros de sus hijos, bien para escuchar alguna charla sobre formación educativa para padres. La verdad es que ella no se enteraba de mucho en aquellas conferencias pero iba, la veían allí y así los profesores sabían que su matrimonio estaba preocupado por los hijos. No debían dar imagen de padres indiferentes bajo ningún concepto porque eso podía perjudicar a sus hijos. Así se lo explicó una vez su marido: “Bernarda, ve a las cosas del colegio de los niños, no vayan a creer que no los educamos en casa”. Y ella asentía porque él, como siempre, llevaba razón.
Una vez oyó decir a una vecina del barrio que el Distrito Municipal había organizado unos talleres para amas de casa. Los había de yoga para señoras mayores, de taichí, de pilates, de macramé, de costura, de creatividad… Bernarda estaba muy ilusionada con inscribirse en el de yoga o el de macramé porque en ambos tenía buenas amigas, vecinas todas ellas, pues su círculo social no iba más allá de las colas de la panadería, la pescadería o la frutería.
Estuvo un tiempo dudando entre los dos: el de yoga le llamaba menos la atención pero era donde tenía más conocidas. Una de ellas ya lo había hecho el año anterior y le había explicado que lo más divertido era que al término del mismo, se iban todas juntas a tomar café y comentaban, entre risas, sus desventuras con las asanas. Bien mirado: podía practicar macramé en sus muchas horas libres en casa, por las tardes o los fines de semana.
Finalmente se decidió, efectivamente, por el de yoga pero su marido la convenció para que se matriculase en el de costura. Como tantas veces, él llevaba razón: si iba a perder casi dos mañanas en tonterías de ésas, al menos que hiciera algo útil. ¿Cuántas veces él o uno de los niños se habían encontrado con un botón sin coser, justo a la hora de salir de casa? Además, otras veces, en las escasas ocasiones en que ella se había comprado algo de ropa para algún evento especial, una boda o algo así, había tenido que pagar cuatro o cinco euros más para que se lo arreglasen. “Pues aprende a hacer eso por tu cuenta y nos ahorramos el dinero, que yo estoy harto de trabajar para tener que estar contando los vinos que me tomo en el rato que estoy con mis amigos”.
Era verdad y Bernarda lo sabía: su esposo no hacía más que trabajar el pobre para llevar el sueldo a casa. Menos mal que él estaba pendiente de todo. De no haberse dado cuenta él de eso, Bernarda habría acabado perdiendo el tiempo intentando hacer yoga. Qué tontería: al fin y al cabo, su cuerpo no estaba para muchos trotes, no iba a poder realizar casi ninguna de esas difíciles posturas. Y para pasar un buen rato con las vecinas…, para eso aprendía a coser mejor, aunque no conociera a ninguna de las participantes de ese taller. “Pues así conoces a otra gente”, le había dicho su marido.

Fueron pasando los años, los niños crecían y su marido cada vez pasaba más tiempo en el trabajo y con los amigos. Y ella seguía en casa, siempre pendiente de la familia. Llevaba algunos años muy contenta pues, a instancias de su marido, había hecho también unos talleres de cocina y de bricolaje: era bueno aprender nuevas recetas para deleitar los paladares de su amado esposo y de sus hijos, y mejor aún ahorrarle a la casa el dinero de ciertos arreglos que, pudiendo hacer ella, no era lógico que hubiese que llamar a nadie de la calle.
Dios no le había dado mucha inteligencia pero sí dos manos muy apañadas. La inteligencia la ponía su marido, que siempre se daba cuenta de todo lo que a ella se le pasaba por alto. Eso era el matrimonio: el complemento perfecto. Así, al menos, lo había aprendido ella.
Su vida no le deparaba mucho contacto humano pero era razonablemente feliz: entre las tareas del hogar, aprender nuevas recetas de cocina, preparar el ajuar de sus hijos, coser y arreglar los desperfectos de la casa, estaba siempre entretenida. “Yo no me aburro nunca, gracias a Dios”, solía decirles a sus hijos cuando le preguntaban. Su esposo no solía preguntarle.
Y pasaban los años y Bernarda se realizaba como mujer sirviendo con amor y devoción a su marido, a sus hijos y a su casa. Y los domingos seguía saliendo para ir a misa; era el día en que se ponía su vestido más bonito, el de salir. Y dejó de ir a los talleres del distrito porque, una vez acabaron los que pudiesen ser útiles para sus labores en el hogar, ya no tenía sentido seguir faltando dos mañanas semanales para ver a sus vecinas. Al menos, eso era lo que le había dicho su esposo.

Y llegó el momento en que sus dos hijos se casaron. Cuando lo hizo la mayor, al menos le quedaba otro hijo en casa. Pero cuando ya se casó también éste, eso fue realmente duro para Bernarda. Ella no sabía cómo explicar sus sentimientos: tristeza, soledad, abandono… “El síndrome del nido vacío” le llaman algunos psicólogos. Mientras los tenía en casa, Bernarda tenía mucho trabajo que hacer y un gran aliciente: ser útil en la vida. Ahora, con la casa completamente vacía casi a todas horas, sin más ropa que lavar, tender, coser y planchar que la de su marido (pues ella se apañaba casi siempre con su bata de hacer las labores), le sobrevino un vacío, un tedio realmente abrumador. Aunque ella no sabía ponerle el nombre, no sabía que se llamaba “tedio”.
Una vez que su marido la miró, le preguntó: “Niña, ¿qué te pasa? Estás muy rara”. Bernarda no supo qué responder, y como él no insistió en preguntar, no hubo mayor problema. Ella había pensado decirle “que tenía como una sensación de dolor que le apretaba en el pecho” pero él siguió viendo el partido de fútbol en la tele, y ya no le dirigió la palabra más que para decirle: “Bernarda, tráeme una cerveza bien fría del frigorífico”.
Pero la vida siempre sonríe a las buenas personas y les hace justicia, deparándoles sorprendentes alegrías cuando menos lo espera una. Al año y medio de haberse casado el menor, su nuera se quedó embarazada. Y, extrañezas de la vida, la hija mayor, que había preferido siempre tener un perro a tener hijos, al ver tan ilusionado a su hermano, obligó literalmente a su marido a que la dejase embarazada a ella también.
Así Bernarda se vio abuela de dos preciosos nietos en seis meses. En ambos partos, estuvo muy presente, pero sin molestar, que conste. Ella se dedicaba a hacerles la comida a sus hijos, para que ellos se pudieran dedicar sólo a sus criaturas. También les hacía peleles de lana a sus nietos. Y les buscaba muñequitos y chupetes. Bernarda había recobrado la alegría. Y el buen color de cara.
Cuando sus hijos querían salir con sus amigos, la abuela se quedaba cuidando a los nietos. Lo bueno era que, como ella nunca tenía planes, nunca tenía nada importante que hacer, no tenían que avisarla con tiempo. No hacía falta. Simplemente la llamaban y le decían: “mamá, esta noche te dejamos al niño, pero no te preocupes que te dejamos los biberones y los pañales preparados, para que tú no tengas nada que hacer. Sólo calentárselos, dárselos, cambiarlos y dormirlos”.
En realidad, eso fue sólo al principio, pues a la tercera vez que le dejaron los nietos, el abuelo dijo que a él le incomodaban mucho los llantos de los bebés, lo ponían muy nervioso. Los hijos lo entendieron a la perfección, cómo no iban a entenderlo y, en lo sucesivo, decidieron que Bernarda se iría a sus casas, dando un paseíto, cuando tuviese que hacer de canguro, y ya por la noche, cuando ellos llegaran de sus fiestas, la acercarían de vuelta al hogar.

Y los niños crecieron al abrigo de la abuela, de su calor y de su cariño. En honor a la verdad, los nietos eran quienes más muestras de afecto le daban a Bernarda. La abuela siempre les tenía comprados unas galletas y unos zumos de frutas cuando iban a verla. Aunque sus hijos no iban demasiado a visitarla, a llevarle a los nietos. Pero fuesen cuando fuesen, Bernarda jamás les echaba nada en cara: simplemente los abrazaba, se comía a besos a los hijos y a los nietos, y les daba a éstos sus galletas y sus zumos.
Ellos le contaban sus novedades del colegio y de las actividades extraescolares a las que estaban apuntados y la abuela, aunque no recordaba bien el nombre de esas aficiones, siempre se acordaba del día en que las tenían, y los llamaba por teléfono por la noche para preguntarles cómo les había ido. Eso sí, se tenía que esconder para llamar por teléfono porque el abuelo se enfadaba si hablaba mucho, y había que entenderlo: el teléfono se había puesto muy caro.
Cuando la menor de sus nietas hizo la primera comunión, sus padres tuvieron otro niño. Otra alegría para Bernarda: un nieto siempre es un regalo de Dios y, para ella, era un regalo doble, era la posibilidad de llenar su espacio personal con acciones útiles para sus hijos y nietos.
Este nuevo nieto le supuso ir muchas veces a casa de su hijo menor .porque éste y su mujer eran muy aficionados a salir por las noches. Así, Bernarda le dejaba primero la cena preparada al abuelo y después se iba, con su bastón, andando a casa de su hijo, donde cuidaba a los nietos y si éstos se dormían pronto, le dejaba a su nuera preparada la comida del día siguiente.
Viendo la buena disposición de la abuela, un día le preguntó la nuera: “Bernarda, si los niños se duermen pronto, ¿le importa a usted hacerme la plancha?”. Y ella respondió lo que llevaba toda la vida respondiendo y que ustedes imaginan fácilmente. Lo peor era que, con la artrosis, las manos le dolían horrores al planchar pero nadie se daba cuenta porque la abuela lo disimulaba a las mil maravillas: su exceso de amor compensaba sus carencias físicas, y sus enfermedades nunca suponían un problema para nadie.

Y sucedió algo que nadie en aquel país podía imaginar, aunque se decía que la gente del gobierno sí lo sabía: estalló una guerra. Fue tremendamente desolador. Muchos disparos, se oían bombas y rara vez pasaba una semana sin que a alguna vecina le hubiesen matado a algún hijo o a algún nieto.
La abuela no entendía de política. Cuando había que ir a votar, el abuelo siempre le daba el sobre con la papeleta dentro y le explicaba cómo tenía que meterlo en la urna. Y ella se fiaba a pie juntillas de su marido, ¿por qué no iba a fiarse?
Pero ésa era toda su experiencia y su participación políticas. Y de ahí a comprender las causas de aquella guerra infame, había un abismo. El abuelo le había explicado que era por razones económicas, por no sé qué deuda que el país no podía pagar a gente muy rica de otros países. Pero Bernarda no entendía que tuviese que morir nadie por dinero. Ella había vivido siempre con muy poco, y daría gustosa su vida por salvar la de cualquier otra persona. “Tú no lo entiendes”, le decía el abuelo. Y decía la verdad.

Una noche en que la abuela se había quedado en casa de su hijo menor, a cuidar a su nieta adolescente y a su nieto pequeño, ocurrió algo terrible: lo peor que le había pasado en toda su vida.
La guerra continuaba y, por lo visto, se hacía de dos maneras: algunas veces los señores militares tiraban bombas desde aviones (una de ellas, por ejemplo, derribó el viejo edificio donde ella había celebrado los talleres del distrito), y otras veces los soldados iban por tierra, armados y disparaban sus armas mortíferas por la calle. Esto último la horrorizaba: sólo de imaginar que alguna vez se pudiera cruzar con los señores de la guerra por la calle, se le hacía un nudo en la boca del estómago y le entraba aquella sensación de dolor en el pecho.
Aquella noche sucedió algo que su mente nunca hubiese sido capaz de imaginar: los soldados arrasaron el barrio en el que vivía su hijo. La abuela estaba en casa de éste, cuidando a los nietos, puesto que el matrimonio tenía una reunión muy importante, parecía ser que secreta. Y tenía algo que ver con la guerra. En realidad, todo tenía que ver con la guerra, que es una cosa muy mala, malísima. Bernarda creía que era lo peor.
La abuela oyó gritos y llantos en la calle, y supo que el horror se les había venido encima. “¿Qué pasa, abuela”, le preguntaba su nieta adolescente, una preciosidad de niña, una verdadera princesa que tenía los ojos de su padre. “No lo sé cariño”, respondió la abuela, “pero no te preocupes, mi vida, que todo saldrá bien”.
Pero aquello no tenía aspecto de salir muy bien. A los pocos minutos, los soldados aporreaban la puerta de la casa y gritaban algo, con voces de estar realmente enfadados, pero lo decían en un idioma extraño que ella no entendía. Su nieta, su princesa, lloraba y temblaba de miedo. La abuela la llevó junto con su hermano pequeño al dormitorio del bebé y los escondió dentro del armario. “No te muevas de aquí, cariño, e intenta que el pequeño no llore, que si entran los soldados, yo intentaré distraerles como sea”.
Los soldados, efectivamente, golpeaban la puerta cada vez con más fuerza mientras seguían profiriendo sus gritos salvajes. Al no recibir respuesta, empezaron a dar empujones y patadas hasta que la derribaron. La abuela se vio sola ante un grupo de guerreros extranjeros, en cuyos ojos brillaba una maldad felina e indescriptible, con bocas que echaban espuma por las comisuras de los labios, y armados hasta los dientes.
Con tono de estar preguntando le gritaron. Bernarda supuso que querían saber si había alguien más en la casa. “No, señores, no hay nadie. Por favor, no me hagan daño”, respondía la abuela, sabiendo que aquellas alimañas no la podían entender. Ni querían. Los soldados olían a pólvora y a alcohol.
Empezaron a dar patadas y a destrozarlo todo. Y cuando hicieron ademán de ir a registrar la casa, la abuela profirió en un llanto desesperado. Si supiesen hablar su idioma, ella les hubiese explicado que la tomasen a ella y le hicieran lo que quisiesen, pero que dejasen en `paz a sus niños del alma, a sus pobres nietos. Intentó detener al soldado que se disponía a registrar las habitaciones pero éste la derribó de un empujón imparable.
“Mi niña, mi niña”, pensaba la abuela, mientras una imagen de pesadilla quemaba su mente: la de su nieta adolescente violada por aquel grupo de soldados embrutecidos y deshumanizados. No pudiendo soportar esa idea, la abuela dio un salto y, con su artrosis y sus dolores, comenzó a correr por la casa, persiguiendo a los hombres de la guerra, y cojeando de un modo que le daba un aire cómico, casi histriónico.
Cuando tres soldados llegaron al dormitorio en el que estaban escondidos los niños, la abuela entró detrás de ellos y, haciendo un esfuerzo imposible, se interpuso entre ellos y el armario, saliéndoles al paso con su maltrecho y ajado cuerpo. “Tengo que disimular para que no se les ocurra que puede haber alguien dentro del armario”, se decía, al tiempo que le pedía ayuda a la Virgen de la Santa Encina, la patrona de su pueblo. “Madre mía, que me maten a mí pero que no encuentren a mis niños”, rezaba llorando sin parar.
Y la Virgen, o alguien o algo, le ayudó sugiriéndole el único modo en que ella podría distraer a los soldados: la abuela se desnudó ante la mirada, entre atónita y divertida, de aquellas bestias salvajes.
Los soldados comenzaron a proferir gritos y carcajadas, al tiempo que decían cosas ininteligibles. Empezaron a pasarse a la anciana unos a otros, dándole empujones, tirándola y levantándola del suelo, y manoseándole sus pechos flácidos y caídos. Uno de ellos la escupió en la cara mientras el resto seguía divirtiéndose con la vieja loca. Finalmente, uno de los soldados le dio un imponente bofetón en la boca que le rompió dos de los pocos dientes que le quedaban y, dejándola sangrando y con su desnudez, tirada en el suelo, salieron de la casa y se fueron. La abuela recuerda cómo salió su nieta, con el bebé en brazos, llorando del armario mientras ella sollozaba, con voz muy queda, y decía: “gracias, Virgencita mía”.
Para cuando llegaron su hijo y su nuera, la abuela yacía sin conocimiento y cubierta con una manta que le había puesto su nieta, la princesa.

Dicen que cuando la mente no es capaz de soportar algún horror, se defiende como puede. No sabemos si fue o no un mecanismo de defensa pero, a las dos semanas de la escena de los soldados, la abuela pareció contraer una especie de locura, como una huida del mundo. “Alzheimer”, dijeron los médicos. “¿Pero eso no se coge paulatinamente?”, le preguntó su hijo al doctor. “Normalmente, sí, pero tal vez como respuesta ante un trauma…”, respondió el galeno, notándole todos que daba la impresión de estar improvisando.
La abuela empezó a desvariar: confundía a su marido con su padre, a sus hijos con sus hermanos y comenzó a creer que familiares suyos, que ya habían muerto hacía mucho tiempo, estaban vivos. A veces llegaba hasta a decir cosas realmente graciosas, y toda la familia comenzó a seguirle el juego.
De su desnudo ante los soldados nunca jamás se volvió a hablar. Pero la nieta, la princesa, jamás olvidaría que ella podría entregar su virginidad al hombre que eligiese, gracias a su abuela, que la salvó con su salud, y que la habría salvado con su vida.
Un buen día, cuando el esposo llegó a la casa, la abuela no estaba. Se ve que la cuidadora bajó la guardia y dejó que se le escapase. La abuela se perdió y, desde ese día, no tenemos rastro de ella. Va vestida de negro, con el pelo completamente blanco y lleva una cadena con tres medallas de tres angelitos que se corresponden con sus tres nietos. Si alguien la encuentra, por favor y por la misericordia de la Virgen de la Santa Encina, háganoslo saber. Responde al nombre de Bernarda.